La flecha en el blanco y metanoia en San Bartolo de Ucero

la-flecha-en-el-Blanco,-Maurice-NicollEl escritor esotérico Maurice Nicoll escribió en 1952 y 1953 su libro The Mark (El Blanco), traducido al español como La flecha en el blanco, e inacabado lo publicó su hija Jane tras el fallecimiento de su padre. Un gran libro, ciertamente. Una obra que bien pudiera calificarse de complemento a otra obra anterior -El Hombre Nuevo– centrada en buena parte igualmente en la interpretación esotórico-psicológica de las parábolas de Jesús en los Evangelios.

Pues bien, leyendo algunas de sus páginas no he podido por menos que recordar dos marcas de cantería que pueden verse en los sillares de la iglesia templaria de San Bartolomé del antiguo señorío de Ucero, en el corazón del hoy Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Estos dos signos lapidarios son, concretamente, la flecha y la ballesta, que igualmente pueden encontrarse en muchos otros templos románicos.

Nicoll, recurriendo a exégetas bíblicos, reitera que es un grave equívoco interpretativo que, dado que los evangelios fueron escritos en griego,  la palabra griega jamartáno se haya traducido como pecar con el sentido moralista que se la ha otorgado:  “La palabra que en los Evangelios se traduce como pecado quiere decir, literalmente, en el original griego, “errar el blanco”, como cuando se lanza una flecha a un punto y no se da en él. Y de su significado de errar el blanco llegó a pasar a la idea de fallar o errar en el propósito de uno, en el sentido de cometer un error”. En efecto, la Concordancia Strong ya advierte: “ἁμαρτάνω, jamartáno,  propiamente errar el blanco (y así no participar del premio), i.e. (figurativamente) errar, especialmente (moralmente) pecar: cometer pecado, pecar, practicar el pecado”. 

Marca de cantería de una ballesta en San Bartolomé de Ucero

Marca de cantería de una ballesta en San Bartolomé de Ucero

Para Maurice Nicoll, lo esencial de las enseñanzas de Cristo es que el ser humano puede transformarse en un Hombre Nuevo tras pasar por un proceso iniciado por la metanoia (mal llamada “arrepentimiento” en la Biblia) que conduce a  renacer espiritual (nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos, en la terminología de los Evangelios): “Esta transformación del hombre puede tomarse como EL BLANCO al cual apuntar. Puede que uno jamás lo vea y que nunca lo logre. O puede que tenga mala puntería. Pecar es errar el blanco. El término griego άμαρτάνω (jamartáno) significa, efectivamente, ‘errar el blanco’. Pero se ha traducido como ‘pecado’. Se trata de una palabra que se empleaba en ballestería, cuando el tirador no daba en el blanco. Parece claro, entonces, que no podemos entender correctamente la idea del pecado a menos que logremos alguna idea del blanco a que hemos de apuntar. Pecar es errar el blanco”.

Un blanco que, en el Antiguo Testamento, son los Diez Mandamientos. No cumplirlos, nos dicen los textos traducidos, es pecar, hallarse en pecado. Y curiosamente, como acontece en griego, el significado etimológico del hebreo es el mismo: en hebreo, pecado es jattâ’âh, del verbo jâtâ (errar el blanco).

Signo lapidario de una flecha en San Bartolomé de Ucero

Signo lapidario de una flecha en San Bartolomé de Ucero

En el Antiguo Testamento los Profetas hablan del Reino de los Cielos en el Más Allá, Juan el Bautista lo anuncia como posible en el presente aunque todavía basándose en la Ley mosaica literalista, pero Jesús le da un sentido esotérico, interior y en un “aquí-ahora” que trasciende la sensorialidad cognoscitiva en el tiempo-espacio (“El reino de Dios dentro de vosotros” Lucas 17:21). Jesús se presenta como Hijo de Dios y, en las cartas paulinas, queda claro que la cristificación es la finalidad, el telos (τελος), el Blanco, “ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos, VIII, 29).

Se dice habitualmente que hay que arrepentirse del pecado cometido pero, así como “pecar” es fallar en el blanco principal, “arrepentirse” está igualmente mal traducido puesto que la palabra griega que se escribió en los evangelios no es realmente “arrepentimiento” sino metanoia, que tiene un valor iniciático anulado por el moralismo implícito en la exégesis corriente penitente.

A este respecto dice Nicoll: “La palabra que en todo el Nuevo Testamento aparece traducida como arrepentimiento es la palabra griega ‘meta-noia’ (μετανοια) que significa transformar la mente… ¿Por qué, entonces, la palabra arrepentimiento resulta inadecuada? O, dicho de un modo más preciso, ¿por qué constituye aquí un error? La palabra castellana ‘arrepentirse’ proviene del latín ‘poenitare’ que quiere decir tener pena. Penar, sentir pena, lamentar, es un estado de ánimo que todos experimentamos de vez en cuando. La palabra griega ‘metanoia’ yace muy por encima de este significado. No se refiere a un estado de ánimo. No contiene ni la menor sugestión de pena o lamentación. Se refiere a una nueva mente, y no a un nuevo corazón, pues es del todo imposible cambiar el corazón, cambiar la manera de sentir, sin haberse hecho una mente nueva. Y una mente nueva significa una nueva manera de pensar, una modalidad de pensamiento totalmente nueva, con ideas nuevas, con nuevos conocimientos, con una actitud enteramente nueva hacia todo en la vida. A pesar de lo mucho que se ha dicho y escrito acerca de esta palabra de tan tremendo significado, y acerca de su errada interpretación, y a pesar de que muchos eruditos han insistido una y otra vez en que el término ‘arrepentimiento’ no es su traducción verdadera y exacta, todas las traducciones ordinarias del Nuevo Testamento aún llevan la palabra ‘arrepentimiento’, implicando con ello que lo que se enseña es un cambio moral y no mental”. 

Nicoll aplica la metanoia a las palabras de Jesús a sus apóstoles en Lucas, XIII, 1-5 de “arrepentirse”  para poder salvarse, esto es, tener unos conceptos mentales distintos en orden a no errar el blanco y poder así enfocar la atención hacia el prototipo de Hombre Nuevo renacido (Cristo) que les posibilitaría entrar en el Reino de los Cielos: “Y así se nos aclarará el diálogo. Los discípulos piensan erradamente, y Jesús no les responde en el sentido de “si no os arrepintiereis”, sino en el sentido de “si no pensareis muy diferentemente”; o sea, si no se cambia de manera de pensar. Les advierte que, de otro modo, quedarán sujetos y petrificados y no podrán huir del destino común que aguarda a la generalidad de las personas que siempre parten de lo aparente, de lo visible; en suma, que parten de los sentidos o derivan sus opiniones de las pruebas tangibles. El primer paso es la metanoia… Lo que Jesús en realidad dice a sus discípulos es: “A menos que cambiéis de manera de pensar, pereceréis como han perecido ellos.” Este es el primer ejemplo que muestra con toda claridad lo que enseñó acerca del significado de esa difícil palabra: metanoia… Al tratar con sus discípulos del significado de esta palabra, Jesús enseñó un estado subsiguiente, cuyo término técnico es renacimiento. Es el estado que sigue a la transformación mental. Pero ambos, Juan Bautista y Jesús, enseñaron otra idea. Juan predicó la metanoia y el ‘Reino de los Cielos’; Jesucristo, hablando a Nicodemo,. enseñó el renacimiento y el ‘Reino de los Cielos.’..”

Y aquí concluyo este post que contextualiza las dos marcas de cantería citadas en unas enseñanzas esotéricas que tal vez conocieran algunos templarios.

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